Los edificios, las sombras de los transeúntes, las agujas del reloj la ahogaban, hacían retorcer en escalera de caracol su cuello. Era consecuencia de muchos días de ideas caducadas, de opiniones enfermizas sobre la veracidad de la vida. A medida que observaba cada paso calculado sobre la vieja acera de Aeon city se mostraba más compasiva por sus pensamientos, no era la realidad que le tocaba vivir, había besado sin pensarlo a la esfinge que matara la condición humana. Amargó la longevidad de sus pasos hasta su casa. Abrevió su torturada consciencia para relajarse, si, relajarse o intertanlo al menos en el sofá.
martes, 17 de agosto de 2010
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