martes, 17 de agosto de 2010

Los edificios, las sombras de los transeúntes, las agujas del reloj la ahogaban, hacían retorcer en escalera de caracol su cuello. Era consecuencia de muchos días de ideas caducadas, de opiniones enfermizas sobre la veracidad de la vida. A medida que observaba cada paso calculado sobre la vieja acera de Aeon city se mostraba más compasiva por sus pensamientos, no era la realidad que le tocaba vivir, había besado sin pensarlo a la esfinge que matara la condición humana. Amargó la longevidad de sus pasos hasta su casa. Abrevió su torturada consciencia para relajarse, si, relajarse o intertanlo al menos en el sofá.

Se levantó llorando los cien y doscientos minutos que había estado durmiendo, exhalando todos los horrores de sus pensamientos con la recién cálida luz del día. Sus cabellos negros que luchaban por despegarse del cojín le molestaba al apreciar la realidad latente en la que había despertado, eso es lo que ella creía. Sus ojos verdes fríos se dieron cuenta que aquello era un sueño vivido, las bandas sonoras habían muerto con las noches, las lágrimas fallecieran para dar paso a las egoístas sonrisas aclamando lo que era suyo y la verdad de su momento.

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