domingo, 19 de diciembre de 2010

A la risa.

Antes de empezar, sugiero no mencionar tu nombre,
después, congelar tus pensamientos inertes,
rimar tus labios y tus dientes si mientes,
intentar explicar tu sonrisa inexplicable al hombre.

Astros, recuerdos y otras obras de arte,
negar la existencia de la perfección,
asombrar a todo ser el porqué de alabarte,
mantener ante todo el amor con discreción.

Algunos creen en la religión, otros en el sino,
ríete, sí, aún no te han conocido...

Tener envidia de tí las musas,
insatisfechas de tu rebosante belleza,
nadar en tu mirada sin prisas,
embriagar mis párpados de pereza,
zarpar al infinito hasta que tus labios me merezca...

jueves, 11 de noviembre de 2010

Dadá nocturno.

Se podría decir que me he despertado consternado por el dominio de la oscuridad, el paracetamol yace en el fondo del cuarto, junto a mi consciencia. Intento escribir, ya que mi boca no me permite articular queja alguna - estaba llena de baba y balbuceaba babosas de baba en la baldosa más cercana a mi cama- Mi cabeza? mi cabeza parece una gramola de pesadillas intermitentes sin final alguno, sin querer pensarlo o adivinarlo, las sombras nocturnas se burlan en mi presencia, llegando a repetir exactamente doscientas cinco veces la misma frase: - E Leonor a leoa, alelada, liberou as lilas engaioladas.

Si, no se le puede encontrar sentido alguno pero aún no he hecho referencia alguna a la fiebre?

jueves, 16 de septiembre de 2010

Obscenidad natural.

Os voy a hablar de un hombre, un hombre que nada más levantarse por la mañana se afeitaba escuchando Hound dog de Elvis, una rutina corriente, siendo delicado en estilizar su bigote y perilla. Señor rubio le llamaba yo cariñosamente, habíamos sido durante 10 largos años amigos de fiesta, compañeros de secretos y bien se podría decir que era una persona algo inestable, un tanto rara, si, en fin, bipolar. A todo esto era un obseso sexual, visor interno de faldas, tocador de senos, desgarrador de labios pero aún así no había nada de malévolo en sus actos, pues así es la naturaleza humana.


Bien, entonces ocurrió un día que se enamoró perversamente de Susan, belleza inexpugnable, pero algo corta de intelecto y algo minimalista en lo que su armario se refiere. La tomó, estuvo con ella hasta que el querido kamasutra quedó más que grabado en el fondo del colchón. Así estuvieron hasta que los polos se derritieron 8 cm. Ella sin saberlo había engendrado sin ton ni son un racimo de odio que dió de sí innumerables discusiones con ... y así pues el tarro harto de tanto merengue, decidió quebrantar varios mandamientos con tal de alejarla de su casa. Y así fué, hasta que un día llegó a su piso de la calle Guatemala, al lado del bar Ulises. Allí estaba ella, firme con una postura emulando a la querida Marilyn, con una sonrisa que bien podría fulminar monedas de dos caras con lo falsa que era. Él que aquel día se podría decir que tenía su parte yin de su lado, le ofreció algo que aquella dama añoraba desde que la abandonara en el virginal olvido, le convidó cordialmente a la cena. Y os preguntareis, a que cena? Pues sonará demasiado obsceno para vuestros pabellones auditivos, pues la de su verga rellena.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Sobre ella.

No sé si oigo la molesta brisa o que su delicada voz no llegan a estos sobrios oídos. Pero puede que no vuelva a ver esos jodidos ojos después de tragarme ese reconfortante Jim Beam con hielo, ese brebaje está delicioso. Veo todo a través de mis caras gafas de pasta, os juro por el tiempo que esos ojos azules, dios que esos ojos azules paralizan al mismísimo Harry el sucio! Aquellos que congelaron cualquier mentira. Ahora bien, me planteo seguir con la conversación en el tono mas o menos normal creyendo conveniendo recalcar la belleza de la susodicha mujer que enfrente la tengo como prolongación de las sillas de metal de la terraza del café. Hemos conversado sobre innumerables contiendas en condicional, dejando caer el cariño por un afilado precipicio.

¿Que es bonito? Nada es bonito.Ahora se ha dejado caer de entre las nubes un mísero rayo de sol para dar entre si una abrumadora clarividencia de su delicado cabello color trigo. No me acuerdo ya el tema de la conversación, si es extraño, me ha fallado la memoria. Pero el miedo, nos hace ser impotentes y menos subjetivos, he de plantearle una firme proposición de besarme con esos labios que recuerde que a veces la distancia más larga es la distancia entre dos personas. Y decirle adiós desconocida hermosa.

martes, 17 de agosto de 2010

Los edificios, las sombras de los transeúntes, las agujas del reloj la ahogaban, hacían retorcer en escalera de caracol su cuello. Era consecuencia de muchos días de ideas caducadas, de opiniones enfermizas sobre la veracidad de la vida. A medida que observaba cada paso calculado sobre la vieja acera de Aeon city se mostraba más compasiva por sus pensamientos, no era la realidad que le tocaba vivir, había besado sin pensarlo a la esfinge que matara la condición humana. Amargó la longevidad de sus pasos hasta su casa. Abrevió su torturada consciencia para relajarse, si, relajarse o intertanlo al menos en el sofá.

Se levantó llorando los cien y doscientos minutos que había estado durmiendo, exhalando todos los horrores de sus pensamientos con la recién cálida luz del día. Sus cabellos negros que luchaban por despegarse del cojín le molestaba al apreciar la realidad latente en la que había despertado, eso es lo que ella creía. Sus ojos verdes fríos se dieron cuenta que aquello era un sueño vivido, las bandas sonoras habían muerto con las noches, las lágrimas fallecieran para dar paso a las egoístas sonrisas aclamando lo que era suyo y la verdad de su momento.

domingo, 15 de agosto de 2010

El cadáver del menisco.

Se podría decir que mi rodilla prolonga mi soledad, continúa el tiempo pasado, acorta mis palabras, los ligamentos son al menos algo roto sin futuros fundamentos. Cualquier dolor es sinónimo de experiencia y no por ello barata malevolencia, los mimos sufridamente gestionados son ronroneos de felino. Las olas no escapan, ni huyen, se alejan, las agujas del reloj dictan sentencia y en sus sombras mueren los recuerdos.

martes, 3 de agosto de 2010

Si, otra vez.



Otra vez, abandonado me dejó, afuera llueve a cántaros en pleno Junio; y aquí los adoquines levitan. Son las 10 y aún no ha llegado a casa a cenar, cuando ya los últimos rayos de sol se cuelan entre las grisáceas nubes.

Sí, me adandonó repito, aquí la espera, su cámara llorando en lente y alma; no, en absoluto es interesante. A causa tuyo el sueño se encalla en la arena nueva.

Sí, por enésima vez me abandonó, o no, escucho el cerrojo, y de entre la puerta entreabierta diviso su sonrisa de Artemisa. Vuelve pero no a por mi sino a po el libro que tenía olvidado; la conocía, pero no sabía en verdad su nombre; todo era a causa de ella, y todo esto a través del objetivo de su prolongación...

El reflejo del sendero.



Pongamos que son desconocidos,uno se conoce, el otro quiere conocerle, los dos se miran; cuando ya no están juntos solo tienen sus reflejos en sus manos, uno tiene miedo y el otro miedo sobre el miedo del otro.

Pero de repente se vuelven a encontrar, uno se desconoce del otro y el otro cree conocerle, los dos se miran, sí, uno se encapricha con fotografíar ese momento para que no acabe en el fondo oscuro de su pupila. Uno ya se va, el otro en breves visita el insomnio, no tiene dudas, claro que no, quiere lo que quiere; quiere su sonrisa, quiere su frente a frente, quiere sus gestos, quiere sólo su perdición y su pensamiento. Por que aunque sea de noche uno lo vé todo claro, mientras el otro viaja por el sendero de Atenea.


domingo, 25 de julio de 2010


Fué una caída estúpida, pera a la vez respetada, me caí como tantas otras veces pero esta vez no era capaz de levantarme y caminar, mi rodilla gritaba desde el interior de mis vaqueros polvorientos. Me arrastré como un animalejo recién atropellado, buscando sombra como un enfermo buscando cura, mi rodilla semejaba un engranaje mal engranado, fabricada con piezas de cualquier guerra olvidada. Ya tumbado a la sombra, hacía fresco y aún así mi frente contabilizaba todas las gotas de sudor que descarrilaban por mis mejillas, gotas de esencia de dolor. Se podría que decir que hasta la sombra y mi sombra intentaban axfisiarme, las gaviotas vigilaban con estilo de buitre a la vez que alguna mandaba una carcajada no menos humilde que los gorriones que se peleaban en una esquina por miguitas de pan.

Ya en el hospital, nada más entrar me sentaron en una silla de ruedas, como si ironicamente la silla me dijera por lo bajo: -Inútil. Nunca me gustaran mucho los hospitales, no porque no respetase el trabajo de los médicos o por el olor caracterizado por todos que hay en el, no me gustan lo hospitales porque simplemente odiaba estar encerrado con desconocidos en una sala de espera sin saber el tiempo que vas a estar allí metido, encarcelado. El auxiliar de enfermería me había colocado en una esquina, la gente me observaba como si fuese un conejo fluorescente o saber lo que pensaban, realmente no sé si estaba irritado por el intenso dolor de mi rodilla o por la actitud edadepiédrica de los individuos allí presentes, precisamente eso actuaba de estimulante para la cefalea que me provocaba el dolor de la rodilla. Toda esta situación fué interrumpida cuando la enfermera pronunció mi nombre en unos cuantos decibelios distinguiéndose un notable Cortázar, Óscar Cortázar, afirmé con mi cabeza, confirmando que yo era el propietario de esa distinción o etiqueta. La enfermera, impoluta en blanco me dejó literalmente plantado en una camilla a la espera del médico. Cuando este llegó, se limitó a saludar cortesmente y a diagnosticar la dolencia flexionándome la rodilla en varias posiciones produciéndome un dolor insoportable. Cuando acabó de realizar el diagnóstico, ordenó a la enfermera que me trasladase a la unidad de radiología para hacer un par de placas. El asistente de radiología, sin mucho tacto por su parte, estiró mi pierna para centrar la rodilla en el centro de haz de luz de la cámara de rayos. A los pocos segundos salí de allí con la ayuda de la silla y la amable enfermera, estacionándome en una sala de espera distinta a la anterior, mucho más pequeña y con más gente.

Allí me encontraba, en aquel diminuto cubículo, lleno de miradas furtivas. Óscar se limitaba a observar los gastados azulejos del suelo, pensando en los historiales de dolencias que escondían esas cuatro paredes. En el exterior se escuchaban los murmullos de los diagnósticos, algunos gemidos, pero algo que irritaba totalmente a nuestro doliente era sin lugar a dudas eran los constantes ruídos de diferentes categorías que se repetían sin cesar. Así pudo distinguir un pitido electrónico que tenía una frecuencia de 2 segundos, podría ser el ruído que más le irritase sin embargo había algo que le irritaba más. No había puerta en aquella sala, y desde mi posición se podía apreciar una anciana de unos 58 o quizás 60 años postrada en la puerta, sentada en una silla de ruedas como la mía y logré a acertar que con un límite de 10 segundos, lograba quejarse con una constancía digna de una dosis de morfina, realmente no tenía nada, eso es lo que me producía un retortijón en la sien, llegando al umbral de aquella cefalea anteriormente mencionada. Justo cuando logré aislar todos esos ruídos de mi cabeza para centrarme en adivinar las vidas de cada una de aquellas personas, la enfermera vino a recogerme de nuevo, esta ya no era la de blanco impoluto, esta llevaba una bata de un verde menta, apresuró a pedirme disculpas, después de que mi pierna convaleciente tornase a gritar nuevamente por haber impactado con una silla. Cuando me dejó en frente de la mesa del doctor Villalón -así se llamaba si mal no recuerdo- le ordenó a un auxiliar que me pusiera una venda en la rodilla, aliviando así mis temores de tener algo grave, me recomendó reposo a la vez que ejercitara con moderación la pierna y que en una veintena de días me citase con el traumatólogo. Salí de aquella consulta por mi propio pie, digo pie por que daba saltos a pata coja, semejaba cualquier tullido de la época del Lazarillo de Tormes.

Finalmente cuando la madre de Óscar Cortázar, Julia, lo recogió en coche en la entrada de urgencias. Justo antes de que se sentase en el asiento de copiloto se dió cuenta que había estado tres horas y media encerrado sin saber realmente que le había producido más dolor a lo largo de su vida, si las personas o el dolor físico producido por agentes externos a las personas.

sábado, 24 de julio de 2010

Literatura con los ojos azules.




Todo comenzó con un final que hablaba del pasado, se podría decir que las sonrisas eran vagas e inertes, que la fragancia de aquella mujer me hablaba más que sus perezosas composiciones gramaticales, quizás era que eran altas horas de la madrugada y entre mi sien y mis ojos se retomaba una conversación en tono pesimista, a pesar de mi empeño de esbozar una leve sonrisa en los cordiales labios de esa mujer.
Fué en medio de las interferencias comunicativas cuando me dí cuenta que aquella que tomaba por ejemplo se sobriedad, estaba harta de clases de falsa moral; que ya no soportaba que el pasado se colase en alguna de sus adornadas pestañas; era una rutina dejada, pero no por ello faltaban broches de calma o algún respiro junto a las calles del olvido que solía frecuentar para el asombro de su propia sombra.
Me remito a decir que era una mujer luchadora, alguien a tener en cuenta en cualquier inspiración oportuna de la cafeína o simplemente en si, por que era una musa abandonada de Béquer; sin querer mencionar abandonada, porque de sopesarlo a mi mismo me castigaría por tan mero hecho; ella, es ahora en presente una esfinge extinta, pero tinta nueva sobre papel.
Y ahora es cuando sus falanges rebosan de cierta empatía hacía mis palabras, en vez de sus ojos; que en algún tiempo albergaban su total mesura; malgaste lágrimas cotidianas en acertar baratas dianas de oscuridad. Ahora es cuando debe sonreir cada vez que cada rayo de sol ilumine cada una de sus páginas.

martes, 20 de julio de 2010

El bazar del sino.


Era en la hora de Los Ángeles, pero bien podría ser la hora de Tokio, cuando me encontraba en la vieja librería de la esquina, si, la del viejo judío John, el sordo. Allí estaba, presente en cuerpo, debatiéndome con mi cobardía y mi sabiduría, cual sería la elección más adecuada del libro a mi situación; pero tantos libros, de todos los idiomas, ideologías, temas... No encontraba el ideal, tampoco es que lo buscara con tanto entusiasmo... Recorría a lomos desde un Jack London hasta un Mark Twain, cuando John el librero sordo, me observaba atento, a la vez que atónito, no sabía si estaba buscando un libro o un recuerdo perdido. Tan perdido estaba, que el incienso de la librería me transportaba a la vieja India de el rey Asoka, cuyos elefantes hacían reverencias a las estrellas.
Mis manos vagaban sin sentido alguno, danzando entre estanterías, hasta que toparon con unas tapas suaves, a la vez que gastadas, su título, "Viaje a occidente", este era el escogido para el paseo de mi mente creo, hasta que al diseccionarlo y soltar un poco de polvo, descubrí que estaba escrito en chino antiguo. ¡ Que dicha la mía! ¡ Sólo sabía escoger monedas caducadas!. John que me conocía desde que yo no medía más de un cuarto de bonsai, se acercó con cara de mascar ortigas y me entregó un papel escrito en braille; yo ya había aprendido ese cifrado lenguaje gracias al mismo John; en el se podía traducir algo así: " Los sentimientos también forman parte de tu viaje".

No me percaté de que lo que decía era verdad, mis sentimientos estaban desencajados, heridos en su totalidad por la fragilidad de la libélula, en cuya responsabilidad caía la de llevar la penitencia por la mujer que me abandonara hacía ya dos monzones. Los escotes rebosantes, las miradas furtivas y los tacones embaucadores habían hecho que aquella frágil libélula adquiriera cualquier poder dominante sobre cualquier hombre hebrio, tanto de alcohol como de dinero. Con ello quiero aclarar que en realidad nunca permaneció a mi lado, pero a pesar de ello yo le había dicho que la amaba, que cada sonrisa era mi inspiración y aún así murió de pasión, llegando a una conclusión, nunca conoció el amor.

Consciente de ello, cazé un libro que estaba en la estantería superior, justo al lado de la columna, algo escondido encontré el libro que esta vez si que era el acertado, "Veinte poemas de amor y una canción desesperada". Me fuí de la tienda pagando a John con los recuerdos perdidos. Al salir, decidí encaminarme al edificio de la mujer cuyo nombre no quiero pronunciar, no había cambiado desde que ella desapareciera para siempre, la puerta principal estaba abierta, era un hall espacioso, y a cada uno de los lados se repartian los buzones de plata, cada uno con su pestaña con los nombres de los propietarios. Me planté en frente del buzón de Betty, en el dejé el libro, con la esperanza de que por fin aquella mujer entendiese que sin el amor no se podía vivir. Cuando salía del portal, me crucé con mi sino, con tal mala suerte que me atropelló.

jueves, 15 de julio de 2010

Tahití.

Tengo recuerdos de aquellos momentos, en los que amarte era un arte, más me encuentro en nuestro Tahití olvidado, en la búsqueda de un futuro agnóstico, lejos de la calles ruidosas y los rascacielos de Manhattan, donde desesperadamente buscaba tu rostro en las lunas de los bazares hindúes o entre los vagabundos ebrios de pobreza.

Una vez más, en nuestro querido Tahití, las heliconias de tu apreciado florero comienzan a gritar la llegada de primavera, y a ti, a ti te veo en el tibio espejo del mar, donde un día se fundieron tus ojos. Todas las mañanas, los pájaros exóticos y cantores de la mañana se cuelan entre mis sábanas y el sol acaricia mis párpados para esbozar una leve y falsa sonrisa. Parece que fue ayer cuando te observaba caminar con estilo e indiferencia entre Venecia y Londres, vestida con tu vestido blanco de algodón de la India y tu melena bailando un tango con el viento, malditos sean los cristales que abrasan cada noche mis mejillas. Lo único que veo estos días es aflicción al final de un profundo laberinto. Tus fotos emanan tristeza y maestría al mismo tiempo, se podría decir que últimamente mi cara es un poema, pero no rima.

Ahora bien, me permito recordar con pinceladas de Van Gogh nuestros paseos por la fría orilla de la playa, fruto del delirio nocturno, dónde al pié del faro aprendimos que las almas no se encierran en las lentes de las cámaras o que a veces la distancia más larga es la que hay entre dos personas. Ahora, en frente del sauce donde descansan tus memorias en paz, te recuerdo, mientras mi almohada llora todas las noches tu ausencia.

sábado, 10 de julio de 2010

Lunes con los ojos cerrados.


Lunes; se levantó como todas las mañanas con el sonido radiofónico matutino del despertador, pero a su vez, como de costumbre, con el cotidiano y suave beso de su mujer, Laura. Cuando aún le costaba abrir los ojos, observó su traje negro como todas las mañanas en la silla de madera de ébano oscuro, todo normal, como cada lunes, martes, miércoles…


Mientras se afeitaba con esmero, Laura se duchaba; el perfumado olor del champú de pétalos de rosa le engalanaba mientras se afeitaba; seguía siendo su musa desde el primer día que se conocieron. Fred se fué sin desayunar, sólo con un cariñoso beso de Laura, que bien dejo un sabor a café solo en su paladar.


De camino al trabajo; como de costumbre como no; compraba siempre el New York Times, nuevo y alisado, al mismo chico pelirrojo que siempre estaba apoyado en la entrada del metro del Madison Square Garden. Para ir al trabajo, Fred cogía la línea tres uptown tan puntual como siempre. En el metro, mientras leía la columna de sociedad se percató de que el vagón no estaba tan lleno como de costumbre; sólo habría dos mujeres negras de trenzas elaboradas y el viejo vagabundo irlandés Brian y su perro Jack; pero prosiguió con su lectura tempranera, eso sí, nunca llegaba a la hoja de las necrológicas por alguna extraña razón. Fred, trabajaba de diseñador gráfico en un rascacielos de la séptima avenida, la verdad era muy bueno y cumplidor en su trabajo, por ello recibió varios premios en Boston o Los Ángeles. Cuando se percató de que en el fondo del vagón había un cartel publicitario en el que el había trabajado, notó cómo los vagones se vaneaban fuertemente, el maquinista frenó bruscamente e inconscientemente cerró los ojos.


Cuando abrió los ojos estaba ya en su destino, pero no recordaba bajar del vagón, simple y llanamente estaba solo en el andén, salió al exterior, pero ya era de noche y se dio cuenta que no estaba en la séptima avenida, estaba en la quinta avenida, dónde el vivía, y era tardísimo, así que se dirigió a su piso, que estaba al lado del hotel Pennsylvania, exactamente en la vigésima planta. Mientras subía en el ascensor, él solo, le inundaron diversos olores, cómo si varias personas vinieran de un funeral o algo parecido. Cuando entró en el piso, todo estaba oscuro, no encendió ninguna luz para no despertar a Laura. Fué al salón y se tumbó en el sofá negro aterciopelado, reparó en el periódico que estaba en la mesa, pero era del martes y estábamos a lunes, estaba abierto por la página de las necrológicas, aquellas que nunca leía y no le daba importancia. Perplejo, estaba leyendo su propia necrológica.