Me encontraba medio dormido, por el sendero de un extraño y conocido bosque, guiado por unos extraños susurros. A cada lado del sendero observaba los robles, eucaliptos, no, no eran ellos los que me susurraban. No tenía miedo alguno, me sentía seguro bajo la luz de la luna. Al fondo ví algo que iluminaba con luz propia, parecía un árbol.
Me fije en mis pasos, estaba siguiendo inconscientemente un rastro de peniques, céntimos y centavos, pero no reparé en coger ninguno de ellos; la avaricia no estaba de mi parte. A medida que me acercaba observé con claridad que lo que brillaba con intensidad era un dorado sauce llorón, de hojas azul marino y entre las raíces, una pequeña fuente de la sabiduría. Me percaté de que los susurros eran las voces de las dulces y delicadas musas que se escondían entre las ramas caídas del sauce. Detrás de este estaba el lago de los sueños, dónde diariamente se bañaban las musas y los cisnes. Me asomé a la orilla pero no me veía reflejado en el.
Sentí una suave brisa marina. Algo me iluminaba y abrasaba fuertemente los ojos, los abrí, me encontraba tumbado en la playa, en la realidad misma.
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