Sentí un dardo en mi recién somnolienta sien ;ésta se concentraba en dar vueltas y vueltas; no prestaba atención a lo que ella decía. Las morenas y sutiles manos de aquella mujer me tenían embriagado, pero no había razón alguna para que no la odiase, al menos hasta que el dolor cesase. El ambiente era perfumado en su totalidad por el vino viejo italiano, servido en la copa de cristal, postrada inerte al lado de la incandescente y barata vela roja carmesí. Fué con un despreciable y a la vez sobrio gesto cuando posaba su copa en la mesa de ébano, me miró desnudando por completo mi alma y mi templanza, allí me dijo sin dolor; sólo quejándose de no escucharla con toda mi atención; me susurró con toda la suavidad de las madres cuando cantan una nana a sus bebés, que me quería y que a la vez se moría de la veracidad de sus palabras, con un dolor tan fuerte en el pecho que apretó mi mano entre sus bien asentados senos.
Creo que fué cuando me dí cuenta en aquel preciso instante, que de quién controla su dolor, controla su vida, pero con permiso del amor, claro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario