miércoles, 20 de junio de 2012

Tic tac tragedia.


 Eran altas horas de la madrugada, en cualquier noche calurosa de verano, pero esa noche también era glacial, me desperté odiando la tétrica luz que se colaba de la persiana al techo. Algo en mi interior me sobresaltaba, al lado en casa de mi vecina Victoria se podía apreciar un gran murmullo a la vez que el exterior las sirenas de un coche policial y una ambulancia alarmaban el vecindario. Preocupado con la hora que era y por el gran murmullo, me vestí y me apresuré a ver lo que ocurría.
 Al llegar, la puerta principal permanecía abierta y allí empecé a notar el ambiente estigio. Entre las personas tristes noté que el cuerpo frío de Victoria yacía en su sillón; en el que solía sentarse como de costumbre todas las tardes de los domingos, con su copita de licor de manzana, sonando de fondo sus canciones preferidas de Sinatra dando cuerda de vez en cuando, a su preciado reloj de pulsera dorado. Allí estaba, sin vida, con la copita encima de la mesa y con la marca carmesí de sus labios grabada. Reparé en la ausencia del reloj en su muñeca, pero no le dí importancia. Era una tragedia, la conocía desde siempre, permanente es mi recuerdo de cómo me mimaba. Era su costumbre, todos los sábados por la mañana, que me sorprendiese en casa con un bizcocho de plátano que tanto me gustaba; era una mujer increíble, siempre compartía sus mejores recuerdos conmigo.El caso es, que el miércoles discutiera con el hombre con el que compartía su vida desde hacía tres años, Henry se llamaba. Henry era médico, muy serio y con carácter, pero no mal hombre. Después de la discusión, éste se fuera de casa y hasta hoy no se sabía nada de el.
 Cuando estaba consolando a la hija de Victoria, Sofía, escuché a la policía científica que quizás Victoria hubiese muerto envenenada. Fue entonces cuando me percaté de que Henry estaba en la cocina. Me levanté a conversar con el, preguntándole dónde había estado estos días, afirmando su estancia en una convención en Massachussets sobre un tratamiento para una enfermedad cardíaca. Estuvimos recordando los momentos en los que Victoria aún estaba entre nosotros, pero mi corazón empezó a palpitar al ritmo de la verdad que ví en los ojos de Henry. Se produjo un silencio, y en éste, reparé en la chaqueta de Henry, un débil y familiar tic-tac provenía de ella...

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