lunes, 16 de julio de 2012

A Atenea, si es que existe.


Me pasé buscando a la delicada Atenea desde la galaxia del cisne a la del caballo, pero no la encontré. La recuerdo sobre las luces de las farolas, cada sonrisa y cada gesto; y cómo hablaba de los saberes.

Cuando Artemisa me dejó en el lago Estigio, Atenea me salvó y me alimentó de saberes y por supuesto de su sonrisa o quizás de su presencia misma. Cuando estábamos en el sauce, se desvaneció, no la volví a ver, ni tan siquiera en una mísera constelación. No sé, todo era un misterio, más aún que el del origen del universo.

No me recalques la realidad, si de un sueño vivo, o de un sueño quiero fallecer, porque veo velas encendidas alrededor de mi cabeza y su fuego me da más energías para encontrarte, porque un sueño, agarra un propósito y ese eres tú.

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