Era invierno y hacía una noche glacial. La nieve había cubierto la tierra con una capa espesa y envuelto también las ramas de los árboles; la helada iba rompiendo las ramitas, a ambos lados del camino, a medida que pasaban, y cuando llegaron al Torrente de la Montaña le vieron petrificado en el aire porque la reina del hielo le había besado.
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