martes, 20 de julio de 2010

El bazar del sino.


Era en la hora de Los Ángeles, pero bien podría ser la hora de Tokio, cuando me encontraba en la vieja librería de la esquina, si, la del viejo judío John, el sordo. Allí estaba, presente en cuerpo, debatiéndome con mi cobardía y mi sabiduría, cual sería la elección más adecuada del libro a mi situación; pero tantos libros, de todos los idiomas, ideologías, temas... No encontraba el ideal, tampoco es que lo buscara con tanto entusiasmo... Recorría a lomos desde un Jack London hasta un Mark Twain, cuando John el librero sordo, me observaba atento, a la vez que atónito, no sabía si estaba buscando un libro o un recuerdo perdido. Tan perdido estaba, que el incienso de la librería me transportaba a la vieja India de el rey Asoka, cuyos elefantes hacían reverencias a las estrellas.
Mis manos vagaban sin sentido alguno, danzando entre estanterías, hasta que toparon con unas tapas suaves, a la vez que gastadas, su título, "Viaje a occidente", este era el escogido para el paseo de mi mente creo, hasta que al diseccionarlo y soltar un poco de polvo, descubrí que estaba escrito en chino antiguo. ¡ Que dicha la mía! ¡ Sólo sabía escoger monedas caducadas!. John que me conocía desde que yo no medía más de un cuarto de bonsai, se acercó con cara de mascar ortigas y me entregó un papel escrito en braille; yo ya había aprendido ese cifrado lenguaje gracias al mismo John; en el se podía traducir algo así: " Los sentimientos también forman parte de tu viaje".

No me percaté de que lo que decía era verdad, mis sentimientos estaban desencajados, heridos en su totalidad por la fragilidad de la libélula, en cuya responsabilidad caía la de llevar la penitencia por la mujer que me abandonara hacía ya dos monzones. Los escotes rebosantes, las miradas furtivas y los tacones embaucadores habían hecho que aquella frágil libélula adquiriera cualquier poder dominante sobre cualquier hombre hebrio, tanto de alcohol como de dinero. Con ello quiero aclarar que en realidad nunca permaneció a mi lado, pero a pesar de ello yo le había dicho que la amaba, que cada sonrisa era mi inspiración y aún así murió de pasión, llegando a una conclusión, nunca conoció el amor.

Consciente de ello, cazé un libro que estaba en la estantería superior, justo al lado de la columna, algo escondido encontré el libro que esta vez si que era el acertado, "Veinte poemas de amor y una canción desesperada". Me fuí de la tienda pagando a John con los recuerdos perdidos. Al salir, decidí encaminarme al edificio de la mujer cuyo nombre no quiero pronunciar, no había cambiado desde que ella desapareciera para siempre, la puerta principal estaba abierta, era un hall espacioso, y a cada uno de los lados se repartian los buzones de plata, cada uno con su pestaña con los nombres de los propietarios. Me planté en frente del buzón de Betty, en el dejé el libro, con la esperanza de que por fin aquella mujer entendiese que sin el amor no se podía vivir. Cuando salía del portal, me crucé con mi sino, con tal mala suerte que me atropelló.

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