domingo, 25 de julio de 2010


Fué una caída estúpida, pera a la vez respetada, me caí como tantas otras veces pero esta vez no era capaz de levantarme y caminar, mi rodilla gritaba desde el interior de mis vaqueros polvorientos. Me arrastré como un animalejo recién atropellado, buscando sombra como un enfermo buscando cura, mi rodilla semejaba un engranaje mal engranado, fabricada con piezas de cualquier guerra olvidada. Ya tumbado a la sombra, hacía fresco y aún así mi frente contabilizaba todas las gotas de sudor que descarrilaban por mis mejillas, gotas de esencia de dolor. Se podría que decir que hasta la sombra y mi sombra intentaban axfisiarme, las gaviotas vigilaban con estilo de buitre a la vez que alguna mandaba una carcajada no menos humilde que los gorriones que se peleaban en una esquina por miguitas de pan.

Ya en el hospital, nada más entrar me sentaron en una silla de ruedas, como si ironicamente la silla me dijera por lo bajo: -Inútil. Nunca me gustaran mucho los hospitales, no porque no respetase el trabajo de los médicos o por el olor caracterizado por todos que hay en el, no me gustan lo hospitales porque simplemente odiaba estar encerrado con desconocidos en una sala de espera sin saber el tiempo que vas a estar allí metido, encarcelado. El auxiliar de enfermería me había colocado en una esquina, la gente me observaba como si fuese un conejo fluorescente o saber lo que pensaban, realmente no sé si estaba irritado por el intenso dolor de mi rodilla o por la actitud edadepiédrica de los individuos allí presentes, precisamente eso actuaba de estimulante para la cefalea que me provocaba el dolor de la rodilla. Toda esta situación fué interrumpida cuando la enfermera pronunció mi nombre en unos cuantos decibelios distinguiéndose un notable Cortázar, Óscar Cortázar, afirmé con mi cabeza, confirmando que yo era el propietario de esa distinción o etiqueta. La enfermera, impoluta en blanco me dejó literalmente plantado en una camilla a la espera del médico. Cuando este llegó, se limitó a saludar cortesmente y a diagnosticar la dolencia flexionándome la rodilla en varias posiciones produciéndome un dolor insoportable. Cuando acabó de realizar el diagnóstico, ordenó a la enfermera que me trasladase a la unidad de radiología para hacer un par de placas. El asistente de radiología, sin mucho tacto por su parte, estiró mi pierna para centrar la rodilla en el centro de haz de luz de la cámara de rayos. A los pocos segundos salí de allí con la ayuda de la silla y la amable enfermera, estacionándome en una sala de espera distinta a la anterior, mucho más pequeña y con más gente.

Allí me encontraba, en aquel diminuto cubículo, lleno de miradas furtivas. Óscar se limitaba a observar los gastados azulejos del suelo, pensando en los historiales de dolencias que escondían esas cuatro paredes. En el exterior se escuchaban los murmullos de los diagnósticos, algunos gemidos, pero algo que irritaba totalmente a nuestro doliente era sin lugar a dudas eran los constantes ruídos de diferentes categorías que se repetían sin cesar. Así pudo distinguir un pitido electrónico que tenía una frecuencia de 2 segundos, podría ser el ruído que más le irritase sin embargo había algo que le irritaba más. No había puerta en aquella sala, y desde mi posición se podía apreciar una anciana de unos 58 o quizás 60 años postrada en la puerta, sentada en una silla de ruedas como la mía y logré a acertar que con un límite de 10 segundos, lograba quejarse con una constancía digna de una dosis de morfina, realmente no tenía nada, eso es lo que me producía un retortijón en la sien, llegando al umbral de aquella cefalea anteriormente mencionada. Justo cuando logré aislar todos esos ruídos de mi cabeza para centrarme en adivinar las vidas de cada una de aquellas personas, la enfermera vino a recogerme de nuevo, esta ya no era la de blanco impoluto, esta llevaba una bata de un verde menta, apresuró a pedirme disculpas, después de que mi pierna convaleciente tornase a gritar nuevamente por haber impactado con una silla. Cuando me dejó en frente de la mesa del doctor Villalón -así se llamaba si mal no recuerdo- le ordenó a un auxiliar que me pusiera una venda en la rodilla, aliviando así mis temores de tener algo grave, me recomendó reposo a la vez que ejercitara con moderación la pierna y que en una veintena de días me citase con el traumatólogo. Salí de aquella consulta por mi propio pie, digo pie por que daba saltos a pata coja, semejaba cualquier tullido de la época del Lazarillo de Tormes.

Finalmente cuando la madre de Óscar Cortázar, Julia, lo recogió en coche en la entrada de urgencias. Justo antes de que se sentase en el asiento de copiloto se dió cuenta que había estado tres horas y media encerrado sin saber realmente que le había producido más dolor a lo largo de su vida, si las personas o el dolor físico producido por agentes externos a las personas.

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