Todo comenzó con un final que hablaba del pasado, se podría decir que las sonrisas eran vagas e inertes, que la fragancia de aquella mujer me hablaba más que sus perezosas composiciones gramaticales, quizás era que eran altas horas de la madrugada y entre mi sien y mis ojos se retomaba una conversación en tono pesimista, a pesar de mi empeño de esbozar una leve sonrisa en los cordiales labios de esa mujer.
Fué en medio de las interferencias comunicativas cuando me dí cuenta que aquella que tomaba por ejemplo se sobriedad, estaba harta de clases de falsa moral; que ya no soportaba que el pasado se colase en alguna de sus adornadas pestañas; era una rutina dejada, pero no por ello faltaban broches de calma o algún respiro junto a las calles del olvido que solía frecuentar para el asombro de su propia sombra.
Me remito a decir que era una mujer luchadora, alguien a tener en cuenta en cualquier inspiración oportuna de la cafeína o simplemente en si, por que era una musa abandonada de Béquer; sin querer mencionar abandonada, porque de sopesarlo a mi mismo me castigaría por tan mero hecho; ella, es ahora en presente una esfinge extinta, pero tinta nueva sobre papel.
Y ahora es cuando sus falanges rebosan de cierta empatía hacía mis palabras, en vez de sus ojos; que en algún tiempo albergaban su total mesura; malgaste lágrimas cotidianas en acertar baratas dianas de oscuridad. Ahora es cuando debe sonreir cada vez que cada rayo de sol ilumine cada una de sus páginas.
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