sábado, 10 de julio de 2010

Lunes con los ojos cerrados.


Lunes; se levantó como todas las mañanas con el sonido radiofónico matutino del despertador, pero a su vez, como de costumbre, con el cotidiano y suave beso de su mujer, Laura. Cuando aún le costaba abrir los ojos, observó su traje negro como todas las mañanas en la silla de madera de ébano oscuro, todo normal, como cada lunes, martes, miércoles…


Mientras se afeitaba con esmero, Laura se duchaba; el perfumado olor del champú de pétalos de rosa le engalanaba mientras se afeitaba; seguía siendo su musa desde el primer día que se conocieron. Fred se fué sin desayunar, sólo con un cariñoso beso de Laura, que bien dejo un sabor a café solo en su paladar.


De camino al trabajo; como de costumbre como no; compraba siempre el New York Times, nuevo y alisado, al mismo chico pelirrojo que siempre estaba apoyado en la entrada del metro del Madison Square Garden. Para ir al trabajo, Fred cogía la línea tres uptown tan puntual como siempre. En el metro, mientras leía la columna de sociedad se percató de que el vagón no estaba tan lleno como de costumbre; sólo habría dos mujeres negras de trenzas elaboradas y el viejo vagabundo irlandés Brian y su perro Jack; pero prosiguió con su lectura tempranera, eso sí, nunca llegaba a la hoja de las necrológicas por alguna extraña razón. Fred, trabajaba de diseñador gráfico en un rascacielos de la séptima avenida, la verdad era muy bueno y cumplidor en su trabajo, por ello recibió varios premios en Boston o Los Ángeles. Cuando se percató de que en el fondo del vagón había un cartel publicitario en el que el había trabajado, notó cómo los vagones se vaneaban fuertemente, el maquinista frenó bruscamente e inconscientemente cerró los ojos.


Cuando abrió los ojos estaba ya en su destino, pero no recordaba bajar del vagón, simple y llanamente estaba solo en el andén, salió al exterior, pero ya era de noche y se dio cuenta que no estaba en la séptima avenida, estaba en la quinta avenida, dónde el vivía, y era tardísimo, así que se dirigió a su piso, que estaba al lado del hotel Pennsylvania, exactamente en la vigésima planta. Mientras subía en el ascensor, él solo, le inundaron diversos olores, cómo si varias personas vinieran de un funeral o algo parecido. Cuando entró en el piso, todo estaba oscuro, no encendió ninguna luz para no despertar a Laura. Fué al salón y se tumbó en el sofá negro aterciopelado, reparó en el periódico que estaba en la mesa, pero era del martes y estábamos a lunes, estaba abierto por la página de las necrológicas, aquellas que nunca leía y no le daba importancia. Perplejo, estaba leyendo su propia necrológica.

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