jueves, 15 de julio de 2010

Tahití.

Tengo recuerdos de aquellos momentos, en los que amarte era un arte, más me encuentro en nuestro Tahití olvidado, en la búsqueda de un futuro agnóstico, lejos de la calles ruidosas y los rascacielos de Manhattan, donde desesperadamente buscaba tu rostro en las lunas de los bazares hindúes o entre los vagabundos ebrios de pobreza.

Una vez más, en nuestro querido Tahití, las heliconias de tu apreciado florero comienzan a gritar la llegada de primavera, y a ti, a ti te veo en el tibio espejo del mar, donde un día se fundieron tus ojos. Todas las mañanas, los pájaros exóticos y cantores de la mañana se cuelan entre mis sábanas y el sol acaricia mis párpados para esbozar una leve y falsa sonrisa. Parece que fue ayer cuando te observaba caminar con estilo e indiferencia entre Venecia y Londres, vestida con tu vestido blanco de algodón de la India y tu melena bailando un tango con el viento, malditos sean los cristales que abrasan cada noche mis mejillas. Lo único que veo estos días es aflicción al final de un profundo laberinto. Tus fotos emanan tristeza y maestría al mismo tiempo, se podría decir que últimamente mi cara es un poema, pero no rima.

Ahora bien, me permito recordar con pinceladas de Van Gogh nuestros paseos por la fría orilla de la playa, fruto del delirio nocturno, dónde al pié del faro aprendimos que las almas no se encierran en las lentes de las cámaras o que a veces la distancia más larga es la que hay entre dos personas. Ahora, en frente del sauce donde descansan tus memorias en paz, te recuerdo, mientras mi almohada llora todas las noches tu ausencia.

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